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lunes, 12 de noviembre de 2012

LÁSTIMA (Abril 2009)


En la aventura de escibir me asalta una indecisión léxica cuando intento enfrentarme a la realidad. Puede ser debido a que yo no la inventé. O tal vez porque estoy en un estado de abdicación de la misma.
De todos modos, no resulta fácil negociar con los recuerdos. Creo que hay un mecanismo neuronal que corre como en los dibujos animados que veía en mi infancia. El Coyote corre y corre sin detenerse hasta que mira hacia abajo y ve que hace tiempo que dejó atrás el borde del precipicio, entonces… cae.
Así ocurre en mi cabeza. Veo algo claramente, pero mi cerebro lo registra a su aire, interpretándolo como otra cosa diferente.
A veces consigo poner el piloto automático de mis pensamientos para correr y correr hacia adelante, sin percatarme de que he rebasado el borde del precipicio.
 Busco ese estado de semiinconsciencia, de aturdimiento visceral que bloquea el dolor inmediato de lo incognoscible, de lo indecible, de ver que corres sobre el aire, miras abajo y…caes.
Me invade la certeza ineludible de la pérdida. Vivo sin dios alguno a quién orar y pulsar el botón de amén que envía las peticiones a su correo. No encuentro un culpable a quien odiar, en quien descargar toda esta ira, este sentimiento de orfandad que me atenaza, este desgarro que produce lo inevitable.
En las fases del duelo se contempla la “Aceptación”; es un término obsceno y grotesco que no define un estado posible de este proceso. “Conclusión” tampoco sirve. Es “Certeza”. La certidumbre que -con palabras de Nietzsche- en lugar de la duda, te vuelve loco.
Ese rincón del cerebro que almacena los recuerdos, ese disco duro que no puede formatearse, esa maldita memoria, recrea una y otra vez la última imagen de mi madre. El  último reflejo de mi imagen en sus ojos atónitos, abiertos hacia el vacío.
Desafiando la lógica temporal, su corazón se cansó antes de tiempo y súbitamente se detuvo. Yo corrí y corrí hasta que miré hacia abajo y vi que había rebasado el borde del  precipicio. Entonces…caí.
En los dibujos animados, el Correcaminos perseguía al Coyote y éste caía una y otra vez. Se levantaba y allí estaba su perseguidor. Perseguir, escapar, caer, levantarse…un bucle incesante.
No sé si tanta amargura, tanto dolor, tanta impotencia, era necesaria para intentar escarchar mi corazón y endurecerlo. Como fuere, no dio resultado.
A veces pienso que, para aliviar mi dolor, el mejor calmante sería la incepción de otro dolor infinitamente mayor. Tampoco esto funciona.
Quiero ser el Coyote de mi infancia. Quiero caer y aplastarme, volverme unidimensional . En ese punto quiero levantarme y, por una vez, perseguir yo al Correcaminos  hasta que pierda el borde del precipicio.
Con un poco de suerte puede que no logre levantarse íntegro y me permita, aunque sea por unos instantes, seguir corriendo y corriendo sin mirar hacia abajo. Sin darme cuenta de que he dejado atrás el terreno firme y por eso no duele tanto caminar.

Lástima que esto no sean dibujos animados, ni nosotras sus protagonistas.

Lástima que el terrero que acaba abruptamente sea la vida. .

Lástima que mi madre mirase hacia abajo al dejarlo atrás y...cayese.




                                                                                                                                                                                           

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